Miro hacia la ventana y veo borroso, ya no entra el calor del sol, ya no se lograr visualizar los ácaros revoloteando por la habitación. Cae la noche y con ella el frío, la angustia. La casa se siente más pequeña en la oscuridad, no se escuchan muchos ruidos, solo algún que otro auto que vaya uno a saber a donde se dirige en una noche de domingo. Cada tanto ladra un perro del barrio, cuando éste lo hace sus vecinos caninos le conversan, me gustaría saber de que se trata, suelo pensar que es porque vieron un gato aventurero recorriendo los techos en la tranquilidad de la noche. Me levanto sin apuro de mi silla, dejando las hojas de papel desordenadas en mi escritorio, con algún que otro intento de croquis de situaciones cotidianas, me dirijo a la cocina y cargo agua en la pava, prendo la hornalla con un fósforo. Qué molesto que es el ruido y la sensación de hacerlo para los dientes. Una vez prendida la hornalla lo apago sacudiéndolo cual termómetro y lo tiro al tacho de basura a distancia. Siempre tuve buena puntería, me reconforta el pequeño logro de embocarlo y me sonrío por dentro. Vuelvo al escritorio esperando que el agua hierva. El tiempo pasa demasiado lento cuando no tenes nada interesante en la cabeza. Es entonces cuando te detenés a pensar en lo que tenes que hacer. En lo que tenes que, no en lo que querés. Todos los días tenemos que hacer cosas que no queremos hacerlas, el tema es que las hacemos por costumbre y por el simple hecho de que es un grano que aportamos para la orientación de nuestro futuro tanto inmediato como a largo plazo. Qué sería de cada uno de nosotros si en vez de hacer lo que tenemos qué nos ocupáramos de hacer lo que realmente queremos para sentirnos llenos, satisfechos, o por lo menos medianamente felices y libres. Vivimos atados a un calendario y a un reloj que de alguna manera nos dicta que hacer y cuando hacerlo. Las rutinas forman parte de nuestra vida siempre, ni en los pocos días de vacaciones nos libramos de ellas. Estamos atados a una cultura que nos tocó y nuestros antepasados formaron. Nadie elije en donde nacer y rodiado de qué personas. Estamos destinados a un entorno y a una serie de costumbres que nos afectan cada uno de los días de nuestra vida. Estamos contaminados de pensamientos heredados de personajes muertos. Para avanzar como sociedad seguimos dando pasos desde donde los dejó el otro. Y lo que me carcome la cabeza y tan triste me pone es que jamás podremos hacer nuestro propio camino desde un principio si ya alguien lo empezó por nosotros.

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