Miro hacia la ventana y veo borroso, ya no entra el calor del sol, ya no se lograr visualizar los ácaros revoloteando por la habitación. Cae la noche y con ella el frío, la angustia. La casa se siente más pequeña en la oscuridad, no se escuchan muchos ruidos, solo algún que otro auto que vaya uno a saber a donde se dirige en una noche de domingo. Cada tanto ladra un perro del barrio, cuando éste lo hace sus vecinos caninos le conversan, me gustaría saber de que se trata, suelo pensar que es porque vieron un gato aventurero recorriendo los techos en la tranquilidad de la noche. Me levanto sin apuro de mi silla, dejando las hojas de papel desordenadas en mi escritorio, con algún que otro intento de croquis de situaciones cotidianas, me dirijo a la cocina y cargo agua en la pava, prendo la hornalla con un fósforo. Qué molesto que es el ruido y la sensación de hacerlo para los dientes. Una vez prendida la hornalla lo apago sacudiéndolo cual termómetro y lo tiro al tacho de basura a dista...