Después de una pícara charla, de desencuentros en las redes, se acordó un día, un horario. Nos reconocimos, te acercaste. No puedo negar que el saludo fue incómodo, un beso en la mejilla incierto que no garantiza que el próximo acercamiento sea de la misma magnitud. Iniciamos una charla, no hablamos nada especial, simplemente lo primero que se nos vino a la cabeza para evitar el silencio. Ahora estamos en la sala del cine, hay muy pocas personas en ella, ninguna en nuestra fila ni en las tres adyacentes. La película es aburrida, tanto que en cualquier otra ocasión me hubiese quedado dormida. Pero ahora no puedo hacerlo, no por sentir que tengo la responsabilidad de verla, si no porque me siento ansiosa. Cada tanto volteo a verla y está atónita observando la película, le cautivó, al igual que ella a mí. La observo. Tiene la piel de porcelana. Sus facciones son suaves, delicadas, tanto que parece una muñeca. Agarro su mano, está fría, casi tanto como si no estuviese viva, pero su pulso m...